
Esta es la primera carta que escribo desde mi puño y alma fuera de OAM. Esta es la primera carta que escribo desde una nueva ventana, que está dentro de la misma casa, pero que tiene otras vistas.
Gracias por estar aquí.
Entretanto, la Vida.
La vida que quiere seguir viviendo y yo que llevo la vida dentro.
Y ahora ¿qué? No es exactamente volver a empezar, porque no parto de cero. Ya hay mucho caminado, ya hay mucho sentido. Del que se siente y del que, con el tiempo, empieza también a significar. En esta cabeza ya peino canas.
Darme cuenta, para mí, siempre es el primer paso. Y hoy, sentada delante del teclado, pienso en aquel momento en el que me di cuenta de que aquello por lo que llevaba tanto tiempo luchando tenía que terminar.
Lo curioso es que, lejos de sentirme más perdida al soltar la dirección que había marcado durante tanto tiempo, y más allá de la enorme pena de tener que despedirme de algo que amaba, lo que sentí fue certeza. Y liberación.
Emprender no es fácil. Los comienzos tampoco. Pero he aprendido que hay momentos en los que seguir luchando deja de ser valentía. Rendirme, esta vez, no lo sentí como una derrota. Lo sentí como un acto de amor y compasión hacia mí misma. Había llegado a un punto en el que continuar significaba hacerme más daño.
Y es curioso, porque estoy segura que es así como debía ser. No es una página que pueda pasar y ya. Digamos que por un tiempo será mi libro de cabecera. Han sido años de muchísimo aprendizaje, relaciones y lazos preciosos que siempre llevaré en mi corazón, que pasan a formar parte de mi.
Entretanto, aquí estoy.
En un interludio, en ese estado liminal entre una etapa que dejo atrás y otra en la que todavía no se ha definido. Con curiosidad y también con ilusión por descubrir cómo será.
Es un espacio en el que una mano va soltando una versión que ya no me sirve mientras la otra todavía busca dónde agarrarse. Un espacio que demanda un ritmo lento y, sobre todo, una mirada profundamente honesta.
Tengo la inmensa fortuna de poder permanecer aquí. De contar con una red que me sostiene incondicionalmente y me permite este tiempo de barbecho. Soy muy consciente de lo afortunada que soy por ello.
Una de las cosas que estoy aprendiendo en este lugar es que no todos los espacios vacíos necesitan ser llenados inmediatamente. Es mejor mirarlo y sentir qué demanadan.
Aún así me cuesta no saber. Me cuesta no tener un plan. Me cuesta responder «no lo sé» cuando alguien pregunta qué voy a hacer ahora.
Pero si lleno demasiado deprisa el espacio que ha dejado OAM, probablemente lo llene con lo que ya conozco. No por prisa sino por inercia, mis ideas anteriores, mis expectativas sobre lo que debería hacer. Y quizá entonces no pueda escuchar lo que todavía habla muy bajito.
Cerrar una etapa y empezar otra no ocurre de un día para otro. Entre ambas hay un territorio que también forma parte del camino.
Así que estoy intentando hacer algo que no siempre me resulta fácil: prestarme atención, observar el paisaje. Escucharme.
No puedo terminar esta carta sin hablarte de Focusing, porque forma una parte importante de este entretanto.
El año pasado probé con dos psicólogas, pero con ninguna terminé de conectar ni de encontrar la ayuda que en aquel momento sentía que necesitaba.
Casualmente —o causalmente, quién sabe— di con Cristina Calle. Algo de cómo compartía en Instagram llamó mi atención, contacté con ella e hicimos una primera sesión de Focusing.
Te voy a ser muy honesta. Aquella sesión me sentó muy bien, pero también recuerdo salir pensando que algo tan sencillo difícilmente podía ser suficiente.
Lo curioso vino un par de días después.
Empecé a notar algo diferente. Donde hasta entonces prácticamente solo había tristeza empezó a aparecer también un poco de ilusión. No porque alguien me hubiera dado una respuesta, sino porque había podido escuchar algo que ya estaba en mí y a lo que hasta entonces no había sabido atender.
Y eso me tocó profundamente. Fue como una sorpresa y al mismo tiempo una confirmación rotunda de mi mensaje ‘todo está en mí’.
Desde entonces he seguido explorando Focusing con Cristina de distintas maneras y ahora mismo me estoy formando en esta disciplina. Primero para mí, porque quiero conocerla y experimentarla desde dentro. Y quizá, más adelante, también para poder facilitarla a otras personas.
Supongo que tampoco es casual que haya aparecido precisamente ahora.
En un momento en el que estoy aprendiendo a hacer menos ruido, a escuchar más y a confiar un poco más en lo que ya está dentro, esa sabiduría inherente que todas tenemos.
Y volviendo a lo que te contaba antes. No tengo todas las respuestas sobre lo que viene. Y, por primera vez en bastante tiempo, tampoco siento que necesite tenerlas.
Sí hay algunas certezas. Cada vez veo más claro mi propósito y tengo clarísimo desde dónde quiero hacerlo. Quiero seguir creando espacios en los que podamos parar. Quiero seguir compartiendo meditación y Yoga Nidra. Quiero acompañar procesos individuales. Quiero ayudar a otras mujeres a recordarse que no están solas. Que pese a la incomodidad del silencio en un primer momento, tiene mil tesoros escondidos justo en ese lugar que ahora no tiene tiempo de pararse a mirar. Quiero escribir. Quiero investigar, aprender, hacerme preguntas y compartir algunas de ellas contigo.
No como una versión nueva que viene a sustituir todo lo anterior, sino como una casa, un nido, un poco más grande en la que cabe lo que fui, lo que soy y también aquello que todavía no sé que seré.
Y aquí me despido, desde ese lugar extraño en el que algo ha terminado y lo siguiente todavía no se ha definido del todo y, sin embargo, la Vida sigue viviendo.
Eres perfecta,
todo está en tí.
Con todo mi amor,
de mi puño y alma.