mente mono

No, la ilustración que ves no es una representación gráfica de lo que se llama mente mono. Podría ser una mente mono educada.

¿Viste el reel que compartí ayer en instagram? Pues la primera parte.

Mente mono es una mente que va de un pensamiento a otro sin tregua, sin parar, de forma hiperactiva, a veces incluso sin sentido. 

Esos pensamientos pueden estar así todo el día, por supuesto es agotador. Lo más perturbador de todo es que la mayoría de las veces ni siquiera me doy cuenta.

No me doy cuenta porque tengo muchas cosas que hacer, imagínate, toda la información y todas las instrucciones que mi cuerpo está recibiendo. Tengo que, que no se me olvide, la lavadora, la reunión, dónde he dejado la presentación, lleva el traje al tinte, compra para la cena, pide cita para el tinte…

El mono va de lado a otro porque campa a sus anchas, porque no hay nadie al volante, porque estoy tan distraída que ni siquiera se lo que está haciendo. 

El problema no es tener pensamientos, ni siquiera tener muchos. Pensar es una de las capacidades más extraordinarias que tenemos. El problema aparece cuando ese movimiento constante se convierte en nuestra forma habitual de estar en el mundo.

Saltar continuamente de una cosa a otra mantiene nuestra atención fragmentada, dificulta que estemos realmente presentes y puede generar una sensación permanente de cansancio y saturación. Incluso cuando aparentemente estamos descansando, nuestra cabeza puede seguir saltando de rama en rama.

Y las consecuencias no son menores. Puedo sentir niebla mental, quedarme atrapada dando vueltas una y otra vez al mismo pensamiento o acostarme agotada y descubrir que mi cabeza sigue funcionando a toda velocidad. No quiero ponerme dramática, pero tampoco quiero restarle importancia.

Y no se trata de acabar con el mono. 

Lo primero es darme cuenta de qué está pasando ahí dentro.

Dentro de mí hay un montón de miniyos. A cada uno le preocupa una cosa, tienen diferentes objetivos, dicen cosas diferentes. Uno tiene miedo, otro está triste, otro se ilusiona, otro rechaza lo que está ocurriendo… y todos quieren ser protagonistas.

La mente mono se instala y se hace fuerte cuando me identifico con todos esos personajillos, cuando doy credibilidad absoluta a lo que dicen y les concedo el poder de decidir qué voy a hacer a cada momento.

Hay diferentes maneras de empezar a tomar conciencia de todo ese movimiento.

He visto a mucha gente empezar a meditar y decir: «Esto no es para mí. Es una tortura. No puedo». Y lo entiendo. A veces puede resultar abrumador. A veces sentarte a meditar es demasiado.

La práctica no ha creado ese ruido; simplemente has dejado de taparlo durante unos minutos.

De cualquier manera, meditar no es para todo el mundo. Ya partíamos de la base de que cada persona es diferente y no todas necesitamos acercarnos a nosotras mismas de la misma manera.

A mí la meditación me coloca cara a cara con toda esa actividad. Me siento, observo y, cada vez que me descubro saltando detrás de uno de esos pensamientos, regreso. A la respiración, al cuerpo, a lo que está ocurriendo ahora.

No para conseguir que el mono se calle. Para empezar a reconocer cuándo estoy siguiendo al mono sin darme cuenta.

Y esto, que parece tan pequeño, cambia muchas cosas.

El primer paso es, para mí, conocerme, sentirme, saber qué necesito, qué quiero y después buscar coherencia entre esto y lo que hago.

A veces se me olvida. Me obsesiono, me exijo, me quedo en la mente y me olvido del corazón.

El yoga y la meditación, escribir, salir a pasear… me ayudan a parar y volver a escuchar qué está pasando dentro de mí.

A veces la mente mono me permite precisamente darme cuenta de todo esto, de lo cerca o lejos que estoy. Y no, no consigo quedarme ahí para siempre. Me vuelvo a distraer, me vuelvo a perder. Así que el mono se ha convertido también en mi chivato.

Ha habido momentos en los que no he podido meditar y he recurrido a prácticas más dinámicas, incluso a actividades que simplemente me ayudaban a bajar el ritmo. No siempre necesito lo mismo.

Vivimos en una sociedad increíblemente estimulante y ruidosa. Parar es ir un poco a contracorriente. Y no siempre es agradable ni fácil, porque cuando paro puedo encontrarme precisamente con todo aquello que el ruido mantenía tapado.

Pero puedo escucharlo.

Y cada vez que me doy cuenta, puedo volver.