Ni idea

de lo que necesitas para ser feliz

Me llaman mucho la atención estas personas que aseguran tener la solución para algo; si lo que quieres es ‘esto’ lo que tienes que hacer es ‘esto otro’ y yo te voy a enseñar como hacerlo. y te garantizo que lo conseguirás, de hecho sino lo consigues es porque no sigues los pasos o no tienes suficiente compromiso.

Lo reconoczco, en más de una ocasión he ‘picado’.

Salvo excepciones, estoy segura que no hay mala voluntad, que realmente están convencidas de que su técnica funciona y que es algo ‘tan sencillo como replicarlo’.

Lo cierto es que cada persona somos un universo, y por suerte o por desgracia para mi no hay fórmulas mágicas universales.

Últimamente es una constante en mis redes, me siento profundamente saturada de publicidades que me aseguran tener la solución para que pueda mantener un cuerpo de 20 más allá de los 50, los cinco pasos que tengo que seguir para tener más seguidores y facturar seis cifras o cómo organizarme para llegar a todo sin morir en el intento.

Me parece muy atrevido hacer esas afirmaciones, a veces incluso me enfada. Hay personas que invierten sus ahorros en comprar esos productos o servicios confiando ciegamente en conseguir hacer ‘eso’ realidad.

Y siento que voy justo en contra corriente.  Porque para mi es justo lo contrario. Yo no tengo ni idea de qué tiene que hacer nadie para conseguir lo que quiere. Incluso si hay algo que a mi me ha funcionado y he conseguido resultados similares a los que busca otra persona podría compartir la experiencia, pero siempre advirtiendo que sirvió para mi, pero quizá no para ti.

Yo vivo con la certeza de que las respuestas de cada uno necesita las lleva dentro. Y esto no significa que sea fácil, a veces diría que es casi lo más complicado.

Hace años escuché un cuento, no recuerdo dónde ni sé cuál es su origen, pero la metáfora me pareció brillante.

Cuenta que un grupo de demonios discutía sobre dónde esconder la felicidad para que los seres humanos no pudieran encontrarla. Uno propuso la cima de la montaña más alta, pero pensaron que tarde o temprano conseguiríamos llegar hasta allí. Otro sugirió esconderla en las profundidades del océano, pero también concluyeron que alguien acabaría encontrando la manera de alcanzarla. Pensaron incluso en algún lugar remoto del universo.

Hasta que uno de ellos tuvo una idea: esconderla dentro de cada ser humano.

Allí, pensaron, será muy difícil que la encuentren, porque estarán demasiado ocupados buscándola fuera.

Creo mi identidad a través de la mirada de los demás. Cuando soy pequeña necesito de otros para sobrevivir, para sentirme querida, protegida y parte de algo. Y aprendo muy pronto qué cosas reciben aprobación, cuáles generan rechazo, qué partes de mí encuentran un lugar y cuáles resulta más conveniente esconder.

Y así voy creciendo.

Hasta que un día tengo diez, catorce, veinte, cuarenta y siete o noventa y dos años y algo no cuadra. Quizá ni siquiera sé explicar qué es. Solo sé que algo dentro de mí está pidiendo atención.

Y ahí no creo que exista fórmula. Creo que es momento de parar y escuchar.

No tengo ni idea de lo que necesitas para ser feliz. ¡La mayoría de las veces no sé ni siquiera qué quiero yo!

Pero tengo claro que esto es una buena noticia. Porque no voy a necesitar que alguien me dé otra fórmula.

Lo que necesito es espacio para escucharme. Para atender aquello que ya está ocurriendo y está pidiendo ser atendido.

Y quizá aparezca una respuesta. O quizá no. Porque quizá solo necesito sentirme más, sentirme mejor.

No creo en fórmulas mágicas, pero sí creo en llaves, o puertas que me dan acceso a esa escucha. A mí me funciona la meditación, el yoga, hacerme preguntas, la escritura o el focusing, por ejemplo.

Necesito estas herramientas porque mi vida está llena de ruido y distracciones. Demasiadas exigencias y expectativas que cumplir. Me distraigo con demasiada facilidad, muchas veces.

La solución no es la herramienta en sí, la solución está en mí. A veces puedo utilizar estas herramientas en soledad y es suficiente. Pero otras veces he necesitado que alguien me acompañe, me haga de espejo, me haga las preguntas que yo no me atrevo o simplemente me guíe con su voz o me escuche en silencio.

 Dentro de mí están las respuestas, las preguntas, la fuerza y la debilidad. Dentro de mí está todo lo que a mí se refiere.

Y tengo que hacerme cargo. Ciertamente yo no tengo la culpa de lo que me pasa, pero sí tengo la responsabilidad de decidir que voy a hacer con eso que me pasa, de cuidarme, atenderme y amarme.