
Me falta información
Sobre lo que ocurre alrededor y también sobre mi misma.
Siento que es prácticamente imposible no opinar, incluso juzgar. Trato de no hacerlo, pero algunas veces mi mente se cree con ese derecho, porque no aprueba un comportamiento o porque me afecta de alguna manera.
Cuando me doy cuenta me hago consciente de lo injusta que soy. No se apenas nada de por qué o para qué una persona dice o hace algo.
Solo conozco lo que veo, lo que escucho, lo que esa persona me cuenta. Pero desconozco muchas de sus experiencias, sus miedos, sus necesidades, sus preocupaciones y todo aquello que ha ido construyendo su manera de estar en el mundo.
Es inevitable interpretar lo que ocurre a mi alrededor. Mi mente relaciona lo que percibe con lo que ya conozco, con mis experiencias, mis creencias y mis expectativas.
Lo que no me gusta de esto es que muchas veces trato a mis interpretaciones como certezas.
Cuantos más años cumplo, más consciente soy de la información que me falta para comprender.
Cada persona tiene su propia historia
Cuando alguien reacciona de una manera que no comprendo, trato de encontrar una explicación, presupongo; quizá está enfadada conmigo, quizá le ha molestado algo que he dicho, quizá está atravesando un momento difícil, tiene miedo, se siente insegura o está preocupada por algo que desconozco. Y suelo pensar que es algo que he hecho o dicho.
Hay tantas posibilidades como historias personales. Y probablemente no sea ninguna de las que yo imagino.
Lo curioso es que, dependiendo de cómo me encuentre yo, puedo interpretar una misma situación de maneras muy diferentes.
Un mensaje que no recibe respuesta puede parecerme completamente normal un día y despertar un montón de inseguridades al siguiente.
La situación es la misma. Lo que cambia es cómo la recibo yo.
Me parece interesante observar cómo mi propia historia participa en la interpretación que hago de la historia de los demás.
Porque cuando miro a otra persona, también me estoy mirando a mí.
Desde lo que he aprendido, lo que he vivido, lo que temo, lo que deseo y lo que espero.
Y siempre me falta información.
A veces, cuando me siento especialmente vulnerable, me enredo tanto en mis propias suposiciones que termino montándome unas historias increíbles. Una palabra, un gesto, un silencio… y mi cabeza empieza a completar toda la información que me falta. Imagino intenciones, anticipo respuestas, saco conclusiones y, sin darme cuenta, acabo reaccionando emocionalmente a una historia que yo misma he construido.
¿Y cuánto sé realmente de mí?
Porque resulta que también hay muchísimas cosas de mí misma que todavía desconozco. Y esto provoca que tenga reacciones que me sorprenden. Me enfado por algo que aparentemente carece de importancia, me entristezco sin comprender demasiado bien por qué o siento una incomodidad que me cuesta poner en palabras.
Hay situaciones en las que sé perfectamente lo que quiero hacer y, sin embargo, termino haciendo otra cosa.
Otras veces me descubro repitiendo comportamientos que creía haber dejado atrás.
Y también me juzgo.
Me digo que debería haber reaccionado de otra manera, que tendría que haber sido más comprensiva, más valiente, más paciente. Que a estas alturas ya tendría que haber aprendido determinadas cosas.
Pero ¿qué sé realmente de lo que está ocurriendo dentro de mí?
¿Cuánto conozco de mis miedos, mis necesidades, mis creencias o de todas esas experiencias que han ido construyendo mi manera de estar en el mundo?
Muchas de mis respuestas aparecen de forma automática. Algunas tienen que ver con lo que he aprendido en mi familia, otras con experiencias pasadas, con aquello que en algún momento me ayudó a sentirme segura o aceptada.
Y hay cosas que todavía estoy descubriendo.
A mis cincuenta años sigo encontrándome con partes de mí que desconocía. Algunas me gustan, otras me incomodan y otras me cuesta incluso reconocerlas como propias
Cuanto más me observo, más consciente soy de todo lo que todavía me queda por conocer.
Parar para poder conocerme mejor
Vivimos rodeadas de estímilos. Escuchamos opiniones, leemos, aprendemos, buscamos explicaciones y respuestas. Tenemos acceso a una cantidad enorme de conocimiento sobre casi cualquier asunto.
Y, sin embargo, hay una información muy cercana a la que a veces apenas presto atención.
La que tiene que ver con lo que está ocurriendo dentro de mi.
Puedo pasarme horas pensando en una situación, intentando comprender por qué alguien ha actuado de determinada manera, buscando explicaciones o imaginando conversaciones que todavía no han sucedido.
Y quizá durante todo ese tiempo apenas me haya preguntado qué estoy sintiendo yo.
Qué ha despertado esa situación en mí. Qué me preocupa. Qué necesito. Qué parte de mi historia está participando en lo que estoy viviendo.
Cuando paro y presto atención, empiezo a encontrar algunas pistas.
A veces aparece una emoción que estaba intentando evitar. O descubro que detrás de mi enfado hay tristeza. Que aquello que interpretaba como rechazo ha despertado un miedo conocido. Que una decisión que parecía sencilla está conectada con algo importante para mí.
Otras veces no descubro absolutamente nada.
Me siento, respiro, observo y sigo sin tener una respuesta.
También eso forma parte del proceso.
He aprendido que conocerme requiere tiempo y que algunas cosas solo puedo comprenderlas cuando estoy preparada para mirarlas.
Seguir descubriendo
Hay algo que me gusta especialmente de esta idea de que me falta información. Me recuerda que mi manera de entender las cosas puede cambiar.
Que una interpretación que hoy me parece evidente quizá mañana tenga otros matices. Que puedo descubrir algo nuevo de una persona a la que creía conocer perfectamente. Y que puedo sorprenderme a mí misma.
También me ayuda a mirar mis propias reacciones con un poco más de curiosidad y compasión.
Cuando me descubro juzgándome, puedo preguntarme qué información me está faltando.
Quizá haya algo que necesite escuchar. Una emoción que todavía no he comprendido, una necesidad que no he reconocido o una creencia que nunca me había detenido a cuestionar.
Y quizá, al conocer un poco más de mi historia, pueda comprender mejor lo que me ocurre y elegir qué quiero hacer con ello.
Las respuestas que encuentro también van cambiando a medida que cambia mi manera de mirar.
Me falta información.
De los demás, de la vida y de mí misma.
Sé que todavía tengo mucho por descubrir.